Barras, fútbol y sociedad: entre la prohibición y la oportunidad de reconstrucción social
Alberto Ugarte en Entrevista con David Smeke
El papel de las barras en el fútbol, tanto a nivel nacional como internacional, vuelve a colocarse en el centro del debate público. ¿Son un factor de animación y pertenencia o una fuente de miedo y violencia en los estadios? La pregunta resurge con fuerza en Querétaro, tras la decisión del gobierno estatal de negar el acceso a las barras a los partidos de los Gallos Blancos, medida que recientemente provocó abucheos dirigidos al gobernador Mauricio Kuri durante un encuentro en el estadio La Corregidora.
La determinación gubernamental se enmarca en el contexto de los hechos violentos ocurridos el 5 de marzo de 2022, un episodio que marcó profundamente la historia reciente del fútbol queretano. Desde entonces, las autoridades optaron por una política de prohibición total de las barras, bajo el argumento de preservar la seguridad. Sin embargo, especialistas advierten que esta solución podría ser simplista frente a un fenómeno social complejo.
Para el investigador y académico Alberto Ugarte, profesor del Tecnológico de Monterrey, hablar de barrismo implica necesariamente hablar de sociedad. “El fútbol no pertenece a un grupo ni a los dueños de los clubes; es un bien público que refleja identidades, tensiones y dinámicas sociales”, señala. Desde esta perspectiva, criminalizar a las barras en su conjunto implica desconocer la diversidad de actores y contextos que las conforman.
Ugarte explica que el barrismo surge en el siglo XX en países como Argentina, Brasil y Colombia, vinculado a procesos de identidad social, territorial y de clase. En América Latina, las barras se han construido históricamente desde los barrios, las fábricas y las comunidades, convirtiéndose en espacios de pertenencia colectiva. “Reducirlas a una figura criminal ignora su base social y cultural”, advierte.
El especialista reconoce que los hechos violentos requieren respuestas firmes, pero cuestiona la eficacia de las políticas exclusivamente punitivas. “Elevar penas o prohibir no garantiza la reducción de la violencia. La literatura y la experiencia internacional muestran que estas medidas no generan causalidad directa”, afirma. En contraste, países como Colombia han avanzado en modelos de barrismo social, donde las barras son reconocidas como colectivos con derechos y obligaciones, integradas a programas de educación, inclusión social y equidad de género.
Ejemplos internacionales refuerzan esta visión. En Inglaterra, tras las tragedias asociadas al hooliganismo en los años noventa, el Estado implementó una política integral que no solo sancionó, sino que reconstruyó el tejido social a través de los clubes, hoy involucrados en programas de alfabetización, inclusión de migrantes y desarrollo comunitario. En Europa continental, el fenómeno de las barras también ha estado ligado a expresiones políticas, culturales e incluso religiosas, lo que demuestra su complejidad.
En el caso de Querétaro, Ugarte sostiene que la prohibición respondió en parte a la necesidad de proyectar una imagen de orden y control. No obstante, subraya que el problema evidenció fallas estructurales: desde el manejo del estadio y la relación club-afición, hasta la concepción del fútbol como un bien meramente privado. “En México, los clubes pertenecen a dueños y la liga no es autónoma; eso limita la posibilidad de una política social del deporte”, explica.
Actualmente, el académico trabaja en una publicación que analiza el barrismo social como una alternativa de política pública, tomando el caso de Querétaro como una enseñanza para el fútbol mexicano. El enfoque propone trabajar desde la base comunitaria, incorporando educación, economía local, perspectiva de género y participación juvenil, en lugar de decisiones impuestas desde el escritorio.
Finalmente, Ugarte advierte sobre una transformación silenciosa del aficionado en México: un modelo más cercano al espectáculo norteamericano, donde el hincha consume y se retira, sin generar vínculos comunitarios. “Ese cambio erosiona la base social del fútbol. Las identidades no se pueden prohibir; solo se pueden comprender y canalizar”, concluye.
A las puertas de un nuevo Mundial, el debate sobre las barras vuelve a plantear una disyuntiva clave: persistir en la prohibición o abrir el diálogo para reconstruir el fútbol como una herramienta de cohesión social. La respuesta, coinciden los especialistas, no será inmediata, pero sí necesaria.
Entrevista completa en:





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