No es el fin del cartel… pero sí el fin de una narrativa

La muerte del líder del CJNG no significa el fin del Cartel. Los cárteles no son organizaciones verticales que colapsan con la caída de un solo hombre. Son estructuras empresariales criminales, con células regionales, mandos intermedios y una lógica de mercado que trasciende a sus fundadores. Lo que veremos en las próximas semanas no será la desaparición del grupo, sino una recomposición: disputas internas, ajustes violentos y una reorganización estratégica.

Sin embargo, aunque el cartel no desaparezca, algo sí se derrumba con este operativo: una narrativa.

Durante años, la política de “abrazos, no balazos” fue interpretada —dentro y fuera del país— como una renuncia del Estado al uso legítimo de la fuerza. Se instaló la percepción de que el gobierno había decidido convivir con el crimen organizado o, en el peor de los casos, tolerarlo. El abatimiento de uno de los hombres más buscados del continente demuestra algo distinto: cuando el Estado decide ejercer su capacidad operativa, su fuerza es superior a la del narcotráfico.

Este golpe no es producto de la improvisación. Es resultado de inteligencia, coordinación interinstitucional y planeación táctica. Y también envía un mensaje político: el Estado mexicano no está rebasado. Puede actuar. Puede golpear. Puede imponerse.

Hay otro elemento relevante: la cooperación internacional. La coordinación con agencias de inteligencia de Estados Unidos confirma que México puede colaborar sin subordinarse. La presidenta demuestra que la cooperación bilateral no implica pérdida de soberanía. México puede recibir información, compartir datos y actuar en consecuencia sin permitir injerencias operativas externas. Coordinación sí; subordinación no.

Pero sería ingenuo pensar que con la caída de un líder el problema estructural se resuelve.

El narcotráfico es un fenómeno transnacional. Mientras desde Estados Unidos sigan fluyendo armas de alto poder hacia territorio mexicano; mientras el dinero ilícito pueda lavarse en paraísos fiscales como las Islas Caimán o en sistemas financieros internacionales que no son mexicanos; mientras existan redes de corrupción que permitan protección política o institucional; y, sobre todo, mientras exista un mercado de millones de consumidores en el norte incapaz de controlar su propia demanda, el negocio seguirá siendo rentable.

El crimen organizado no vive solo de la violencia. Vive de la economía global.

La caída de este líder es un mensaje de fuerza, pero también una prueba de fuego. Si el Estado quiere convertir este golpe en un punto de inflexión histórico, deberá acompañarlo de una estrategia integral: control de armas en la frontera, presión financiera internacional, combate real a la corrupción interna y una agenda diplomática firme frente al consumo estadounidense.

Hoy el Estado mostró que puede. La pregunta que sigue es si sostendrá esa capacidad más allá del golpe mediático.

Porque los cárteles sobreviven a sus líderes.

Pero las narrativas políticas no siempre sobreviven a los hechos.

Comentar con Facebook

Start typing and press Enter to search