La libertad de expresión no tiene dueño
Cada año, cuando se conmemora el Día de la Libertad de Expresión, se abre un debate sobre el papel de los periodistas, los medios de comunicación y los riesgos que enfrenta el ejercicio informativo. Es una discusión necesaria, pero insuficiente.
La libertad de expresión no nació para proteger una profesión. Nació para proteger un derecho humano.
Cómo Periodistas se cumplen funciones indispensables para la democracia. Investigar, documentar, verificar, contextualizar y vigilar al poder. Este trabajo merece reconocimiento y protección. Pero sería un error pensar que la libertad de expresión solo pertenece a periodistas.
La historia demuestra que muchas de las voces que han impulsado cambios sociales no surgieron de una redacción. Surgieron de ciudadanos organizados, activistas, líderes comunitarios, académicos, colectivos, medios alternativos y personas que decidieron utilizar las herramientas disponibles para denunciar injusticias, visibilizar problemas o plantear nuevas ideas.
La revolución digital transformó para siempre el espacio público. Hoy un portal independiente puede revelar información que nadie más quiso publicar. Un creador de contenido puede abrir debates ignorados por los medios tradicionales. Un activista puede documentar abusos en tiempo real. Un ciudadano puede convertirse en testigo de hechos que antes permanecían ocultos.
Eso no significa que toda publicación sea periodismo. Tampoco significa que toda opinión tenga la misma calidad o rigor. Pero sí significa que el derecho a expresarse no puede estar condicionado por una credencial, una afiliación gremial o el reconocimiento de una élite informativa.
La libertad de expresión es precisamente el derecho a participar en la conversación pública, incluso cuando las voces emergentes incomodan a quienes durante años controlaron el acceso a la información.
Los medios alternativos, los portales digitales, los comunicadores independientes y los creadores de contenido han ampliado la pluralidad del debate público. Han permitido que sectores históricamente excluidos encuentren espacios para ser escuchados. Han democratizado la posibilidad de informar, cuestionar y proponer.
Por supuesto, toda voz pública debe asumir responsabilidades. La mentira, la difamación y el odio no se convierten en virtudes por el simple hecho de publicarse en internet. La libertad exige responsabilidad. Pero la responsabilidad tampoco puede utilizarse como pretexto para desacreditar o silenciar a quienes no forman parte de los círculos tradicionales de comunicación.
Una democracia sana necesita periodistas profesionales. Pero también necesita ciudadanos que hablen, cuestionen, documenten y participen.
En tiempos donde algunos pretenden decidir quién tiene derecho a informar y quién no, vale la pena recordar una verdad fundamental: la libertad de expresión no tiene dueño.
Pertenece al periodista que investiga, al activista que denuncia, al creador que cuestiona, al ciudadano que participa y a toda persona que ejerce su derecho a expresar una idea sin miedo.
Porque una sociedad más libre no es aquella donde sólo unos cuantos pueden hablar.
Es aquella donde todas las voces tienen la oportunidad de ser escuchadas.





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