Carlos Manzo: el eco del valor y la injusticia

El asesinato de Carlos Alberto Manzo Rodríguez, presidente municipal de Uruapan, Michoacán, nos da un golpe seco en el pecho.

Nos duele por él, por sus hijos y su familia. Pero también por lo que representa: la voz de un hombre que se atrevió a enfrentar al poder del miedo. Lo mataron en medio de la celebración del Día de Muertos, mientras su pueblo honraba la vida y la memoria.

La ironía duele. La cobardía también. Cuando ocurre una tragedia, lo primero que se busca es un culpable.

Y en esa urgencia, se señala a todos: a la presidenta, a la Guardia Nacional, e incluso —con crueldad— al propio Manzo, por haber denunciado a los cárteles que operaban en los cerros de su tierra.

Pero no. El culpable tiene nombre y rostro: el comando que disparó a quemarropa, el autor intelectual que ordenó el crimen y que hoy sigue prófugo.

Después del ataque, uno de los agresores fue abatido, dos fueron detenidos, y otros escaparon entre la confusión. Pero el daño ya estaba hecho: un alcalde caído, una familia rota, una comunidad que volvió a aprender que alzar la voz puede costar la vida.

Muchos insisten en que la política de seguridad ha fracasado.

Y aunque hay heridas se lucha por mejorar. El secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, ha informado que en el último año se han realizado más de 35 000 detenciones de presuntos delincuentes de alto impacto. El problema no parece estar solo en las detenciones, sino en lo que sigue después.

Porque según el World Justice Project, México ocupa el lugar 118 de 142 países en su índice global de Estado de derecho

Esa cifra, más que un número, es un reflejo: la justicia no llega a tiempo, o simplemente no llega. La Reforma al poder judicial, es tan reciente que aún no es medible su eficiencia, tendrá una dura prueba con este caso.

El caso Manzo no es solo una noticia trágica; es un espejo.

Nos muestra que hay familias que ya no se pueden reconstruir, víctimas que no tendrán reparación, y también jóvenes que, sin oportunidades ni guía, son reclutados por el crimen y se convierten en verdugos.

Sí, se está haciendo un esfuerzo desde las raíces: con la Nueva Escuela Mexicana, con programas sociales, con apoyo a la salud mental. Pero todavía no basta.

La violencia sigue encontrando espacios donde crecer.

Hoy, México llora a Carlos Manzo, “el del sombrero”.

Pero también lo recuerda como un hombre que no se calló.

Porque en cada comunidad hay un Carlos Manzo que trabaja por el bien, que quiere paz para su familia, que exige vivir sin miedo.

Honremos su memoria con claridad moral: sepamos quiénes son los buenos y quiénes los malos. Quiénes quieren poner fin a los asesinatos, y quiénes los siguen cometiendo.

El silencio, en estos tiempos, también puede ser cómplice.

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