Felifer: entre encuestas, ambición y espectáculo

Felipe Fernando Macías apareció en primera plana con un 24% de aprobación en una encuesta de El Universal: el doble que Luis Nava y diez puntos por encima de Agustín Dorantes. Un número, por decir lo menos, “mágico”. Sobre todo porque contrasta con otras mediciones que colocaban a Nava en primer lugar.
¿Cambio real en la percepción ciudadana? Difícil sostenerlo. Más bien parece una guerra mediática: una disputa por demostrar quién tiene más músculo, más influencia y mayor capacidad de instalar su nombre en la narrativa como “el mejor perfil” del PAN para Querétaro.
Porque si algo queda claro, es que al interior del PAN no hay unidad, hay simulación. Se sonríen en público, se acompañan en eventos, pero en lo privado se disputan el poder con una intensidad que raya en el cinismo político. Se dan la mano en el bautizo, pero se apuñalan en la estrategia.
Y en ese contexto surge la pregunta clave:
¿es Felifer realmente el mejor perfil para gobernar Querétaro?
Si analizamos su liderazgo, la respuesta no es alentadora. En Cabildo se le observa distante, poco receptivo, evasivo ante cuestionamientos —que no son pocos— y más atento al celular que al debate público. Un liderazgo que no dialoga, que no construye y que parece más interesado en administrar la imagen que en ejercer autoridad.
A esto se suma una estructura administrativa inflada: múltiples secretarías que sugieren más burocracia que eficiencia. Y un gasto considerable en publicidad, que revela una necesidad constante de aplauso, más que de evaluación crítica.
En cuanto a capacidades, su paso por el Congreso deja más dudas que certezas. Pocas iniciativas relevantes aprobadas y escasa capacidad para generar consensos, incluso dentro de su propia bancada. Hoy, con apenas año y medio como presidente municipal, ya busca dar el salto a una gubernatura de seis años. La pregunta es inevitable: ¿experiencia o ambición desmedida?
Su capacidad de empatía tampoco juega a su favor. Los conflictos con artesanos en el Centro Histórico evidencian dificultades para dialogar con sectores vulnerables. En Santa Rosa Jáuregui, mientras se habla de “inversión histórica”, la prioridad parece ser un centro de espectáculos, no calles, drenaje, iluminación o espacios públicos dignos.
El patrón es claro: grandes anuncios, inversiones llamativas, pero resultados cuestionables. Patrullas nuevas que no se ven, atractivos turísticos inflables sin estrategia cultural de fondo, y eventos que privilegian el espectáculo sobre el sentido histórico.
El ejemplo más reciente lo ilustra bien: la celebración del inicio de la construcción del acueducto. No su conclusión, como dictaría la lógica histórica, sino su arranque. Con pirotecnia sobre un monumento emblemático, en pleno Centro Histórico, contradiciendo discursos sobre protección ambiental, bienestar animal e inclusión de personas neurodivergentes.
Más aún: ni siquiera la fecha corresponde.
Todo parece responder a una lógica: llamar la atención, posicionarse, estar en la conversación. No importa cómo.
Desde esta perspectiva, el perfil es preocupante: ambición acelerada, gasto cuestionable, debilidad en habilidades sociales y contradicciones constantes entre discurso y acción.
Yo, en lo personal, no contrataría a alguien con esas características para gobernar. Pero mi voto es solo uno.
La verdadera pregunta es:
¿cuántos más están empezando a pensar lo mismo?

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