Gaza y la batalla por no perder la humanidad
“Si perdemos la batalla de Gaza, perderemos la humanidad.”
La frase de Arlin Medrano, activista mexicana, resuena como una advertencia moral más que como una consigna política. No se trata solo de mirar hacia Medio Oriente, sino de mirarnos a nosotros mismos: a la indiferencia cotidiana con la que consumimos las imágenes del horror, a la frialdad con la que pasamos de canal cuando un noticiero muestra ruinas, cuerpos o niños entre escombros.
Arlin vino a Querétaro con un mensaje claro: el cerco que oprime a Palestina no es solo territorial, también es mediático, burocrático y simbólico. Romperlo implica reconocer que el sionismo, como estructura de poder y legitimación del genocidio, no está únicamente en Israel.
“Pensar que el sionismo solo está allá —dijo— es no entender cómo funciona nuestro propio Estado, donde se justifica el genocidio y se normaliza el silencio.”
Su presencia en Querétaro, explica, representa un acto de resistencia ante ese cerco. Un encuentro con medios locales que —aun sin los recursos ni la cobertura global— insisten en narrar lo que otros prefieren callar. Porque hablar de Palestina hoy es hablar del valor de informar en medio de la censura, y de la necesidad de recuperar la empatía como ejercicio periodístico.
La activista recordó que muchos periodistas palestinos han sido asesinados y que, bajo los escombros, también quedaron sus cámaras, sus micrófonos, sus escritorios. Por eso, dice, el papel de los medios ya no puede reducirse a dar la nota, sino a mantener viva la humanidad en cada historia contada.
Su llamado no se limita a la denuncia. Pide solidaridad, boicot institucional y personal, una reflexión profunda sobre el consumo, los contratos universitarios y las relaciones económicas que sostienen la ocupación. Pero sobre todo, pide escuchar: “No se trata de hablar por ellas y ellos, sino de humanizarlos. De acercarnos a sus voces, a su narrativa.”
El mensaje de Arlin se vuelve entonces universal: resistir la deshumanización. Comprender que las infancias de Gaza, que solo desean jugar o dormir sin miedo, son las mismas que aquí buscan sobrevivir en un país que también conoce la violencia. Las armas que matan migrantes en la frontera o campesinos en México son, muchas veces, las mismas que se transforman en bombas en Sudán o en Gaza.
Por eso, perder Gaza —en el sentido moral que plantea Arlin— sería perder la capacidad de conmovernos, de indignarnos, de reconocernos en el dolor ajeno. Sería dejar que la normalidad de la barbarie nos arranque el alma.
Y si algo nos queda por defender, más allá de las fronteras, es precisamente eso: la humanidad.





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