La fallida Austeridad Republicana: un credo roto en un país desigual

La llamada Austeridad Republicana, presentada como un pilar moral y político por el actual gobierno, ha terminado convertida en un eslogan vacío que se desvanece frente a la realidad de la clase política mexicana. El caso más reciente que la puso en entredicho involucra a Andrés López, Secretario General de MORENA, cuestionado una y otra vez por los medios de comunicación tras su viaje a Tokio, Japón, donde fue captado entrando a una lujosa tienda de PRADA. La imagen, lejos de pasar inadvertida, fue grabada con la clara intención de mostrar un contraste: el del partido que asegura “no somos iguales” frente a la ostentación que antes criticaba.

La reacción fue inmediata. La prensa opositora celebró la nota; la oficialista intentó encajarla a la fuerza en el discurso. Luisa María Alcalde, presidenta del partido, recordó que el gobernador Mauricio Kuri —a quien acusó de tener propiedades en el extranjero— tampoco es ejemplo de austeridad. Kuri respondió que todas sus propiedades estaban en su declaración patrimonial. Sí, ahí estaban: más de nueve, aunque protegidas bajo el escudo del “dato reservado”. En política, a veces el silencio es más útil que la defensa; esta vez, el gobernador no lo entendió.

Pero este episodio es apenas un botón de muestra. Mientras senadores y diputados de Morena viajan a Europa “pagando de su bolsillo” —y todos sabemos que Europa no es destino de mochileros—, otros políticos realizan giras oficiales, costeadas con recursos públicos, llevando incluso a acompañantes sin justificación administrativa. El problema no es solo la contradicción con el discurso de austeridad, sino el mensaje que se envía a un país con profundas heridas sociales.

Porque lo grave no es romper un credo partidista, sino reforzar la desigualdad económica y la injusticia social. Lo señalaba recientemente la magistrada electa Patricia López Guerra en entrevista para nuestro medio: la saturación y el retraso de miles de casos en los tribunales se explica, en gran medida, por la falta de empatía hacia las diferencias económicas. En México, esa falta de sensibilidad se refleja en cada rincón:

En las brechas salariales abismales dentro de las empresas.

En la desigualdad de oportunidades educativas.

En la diferencia abismal entre servicios municipales de colonias pobres y fraccionamientos exclusivos.

En este país, donde alguien puede comprar una casa de decenas de millones de pesos mientras otros viven en viviendas sin piso firme, hablar de austeridad no debería ser propaganda: debería ser un compromiso ético. La desigualdad socioeconómica genera injusticia social, y esta injusticia produce miles de denuncias, conflictos y frustraciones que se acumulan año tras año.

La fallida Austeridad Republicana no solo provoca molestia o titulares escandalosos; alimenta una depresión colectiva, la sensación de que México es un país decepcionante, donde los gobernantes parecen vivir en un perpetuo deseo de obtener lo que nunca tuvieron, incapaces de empatizar con la realidad de los ciudadanos. Y si ellos no pueden hacerlo, ¿cómo esperar que la sociedad lo haga?

La austeridad debería ser un verbo, una acción cotidiana que guíe la vida pública, no un sustantivo que se enarbola en discursos y se olvida en aeropuertos y boutiques. Tendría que ser el primer paso hacia una transformación real —no solo de un partido, sino de todo el espectro político, empresarial y social—. Sí, suena a utopía. Pero reconocer que en México la austeridad, tal como se plantea, es una utopía, sería al menos un ejercicio de honestidad.

Desde este humilde espacio, invito a reflexionar sobre el daño que genera nuestra falta de empatía, no solo en la política, sino en lo personal. ¿Cómo reaccionaríamos si mañana nuestra situación económica mejorara mil por ciento? ¿Seguiríamos siendo austeros o caeríamos en el mismo juego? La respuesta a esa pregunta revela mucho más de lo que creemos.

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