Marzo violeta: la incomodidad necesaria

Marzo se pinta de violeta.

Y con él regresa una pregunta incómoda que cada año parece repetirse: ¿de verdad estamos cambiando algo o solo estamos aprendiendo a disimular mejor la desigualdad?

Cada marzo se multiplican los discursos, los compromisos, los foros, las fotografías institucionales y las campañas que hablan de igualdad. Pero también cada marzo queda claro que no hay dinero que alcance ni voluntad que sobre cuando se trata de desmontar siglos de desigualdad. Porque el problema no es únicamente presupuestal; es profundamente cultural.

Esta semana escuché a mujeres que inspiran, pero sobre todo a mujeres que incomodan. Y eso es lo que realmente transforma.

La periodista internacional Nuria Varela ofreció una reflexión que sacude certezas: hemos normalizado la ausencia de la perspectiva de género al punto de volverla invisible. Lo más inquietante de su análisis es reconocer algo que muchos hombres prefieren negar: aún existe una indignación silenciosa cuando las mujeres ocupan espacios que algunos creen que les pertenecen por derecho histórico.

Ese es el núcleo del problema.

Durante siglos, el poder —político, económico, mediático— fue construido bajo reglas masculinas. No es extraño que cuando las mujeres irrumpen en esos espacios todavía haya quien lo perciba como una invasión. Esa visión, profundamente misógina, sigue viva. No siempre se expresa en gritos; muchas veces se manifiesta en silencios, en resistencias pasivas, en burlas disfrazadas de crítica o en estructuras que simplemente siguen diseñadas para excluir.

Por eso resulta tan significativo Código 8M, una iniciativa impulsada por Sonia Rocha, Secretaria de las Mujeres en el estado, que decidió ir más allá del discurso para construir algo concreto: un espacio de formación y reflexión sobre comunicación con perspectiva de género.

El proyecto une a la Universidad Autónoma de Querétaro, la Secretaría de las Mujeres y al gremio periodístico, en un esfuerzo poco común en el país. Directivos, reporteros y comunicadores independientes firmaron este pacto que busca algo fundamental: comenzar a transformar la narrativa con la que durante décadas se ha hablado, una narrativa en la que prevalezca la perspectiva de Genero.

Curiosamente —y quizás reveladoramente— varios de los grandes directivos de lo medios » más importantes» brillaron por su ausencia.

Cambiar la narrativa también implica aceptar que la narrativa actual tiene problemas.

Durante la entrevista con Sonia Rocha surgió otra realidad que rara vez se discute con honestidad: la falta de recursos. Impulsar políticas públicas para las mujeres en México implica muchas veces hacer verdaderos malabares presupuestales.

Y la pregunta inevitable me salió del corazón:

¿Cómo puede haber más dinero para impulsar industrias que para garantizar derechos cuando en el país hay más mujeres que empresas?

La respuesta es incómoda porque revela prioridades históricas.

Pero marzo también deja ver otro rostro: el de las mujeres que están ocupando espacios de decisión. Conversar con la arquitecta Laura Sepúlveda, coordinadora de promoción de inversión en Querétaro, es encontrarse con una generación de mujeres que no piden permiso para liderar.

La presidenta pidió que fueran mujeres. Treinta y dos de ellas asumieron el reto.

Algunos dirían que fue la rifa del tigre. No solo deben impulsar su propio desarrollo profesional, sino también articular redes empresariales, atraer inversión y fortalecer la economía regional.

Pero hay mujeres que no le temen al tigre.

Hay mujeres que lo convierten en aliado.

Y esa es una de las transformaciones silenciosas de nuestro tiempo: la economía también empieza a cambiar de rostro.

Este domingo, las marchas del 8M volvieron a llenar las calles del país. Como cada año, habrá quienes intenten reducirlas a consignas, a pintas o a polémicas superficiales.

Pero si algo define hoy al movimiento es su diversidad.

No hay una sola voz. No hay una sola agenda. No hay una sola forma de lucha.

Eso puede incomodar a quienes buscan interlocutores únicos o liderazgos controlables. Pero también es la señal de que el movimiento dejó de pertenecer a una sola generación o a un solo grupo.

Hoy la lucha por los derechos de las mujeres atraviesa universidades, empresas, colectivos, gobiernos, medios de comunicación y familias.

Eso significa algo muy claro: nadie puede resolver este problema solo.

Ni un gobierno.

Ni una organización.

Ni una líder.

La transformación exige muchas voluntades.

Porque el reto de fondo no es únicamente detener la violencia contra las mujeres. El reto es desmontar una cultura que durante demasiado tiempo la toleró, la justificó o la ignoró.

Por eso marzo no es un mes cómodo.

Es un mes incómodo.

Un mes que obliga a mirar lo que muchos prefieren no ver.

Un mes que confronta privilegios.

Un mes que recuerda que la igualdad no es un discurso: es una tarea pendiente.

Que la marcha no sea solo una jornada de protesta, sino la energía para un año entero de cambios.

Desde este espacio reitero algo que no es un gesto simbólico, sino un compromiso editorial: seguir apostando por una comunicación con perspectiva de género.

Porque el periodismo no solo informa.

También construye realidad.

Y en esa realidad, las mujeres ya no están pidiendo espacio.

Lo están tomando.

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