Mexicanos sin bandera: patria en crisis

Por Valeria Herrera Pérez

Dedico con emoción estas líneas a los jóvenes, con la esperanza de que juntos

volvamos a abrazar a nuestro país y redescubramos el orgullo de ser mexicanos.

El nacionalismo protege a México desde la política; el patriotismo lo abraza desde el corazón. El primero defiende la soberanía frente al intervencionismo; el segundo se expresa en el amor a nuestra historia y a nuestras raíces. De ambos, es el patriotismo el que hoy parece desvanecerse entre los mexicanos, especialmente entre los jóvenes. La patria representa la memoria colectiva de un país diverso, conformado por lenguas, tradiciones, pueblos originarios, música, luchas y héroes.

Amar esta riqueza plural otorga un sentido de pertenencia en un mundo globalizado.

México enfrenta un problema abismal: jóvenes desencantados de la historia, la cultura, la política y de las oportunidades que ofrece el país, lo que los invita a soñar con una vida lejos del territorio nacional. ¿Cómo pedirles que se queden en México frente a la promesa de seguridad y prosperidad en el extranjero? El amor a la patria parece, entonces, una causa perdida. No obstante, en medio de esa encrucijada nace el verdadero patriotismo: no al cerrar los ojos ante la realidad de un México herido, sino al tener la valentía de trabajar y transformar lo que aún puede florecer.

A ello se suma otro desafío: el desarraigo de la memoria histórica por parte de los más jóvenes. Para ilustrar esta idea, cito al Benemérito de las Américas: “La instrucción es la primera base de la prosperidad de un pueblo.” La educación histórica brinda identidad, empoderamiento y despierta el orgullo.

Hoy, sin embargo, la educación histórica es insuficiente; hay un menosprecio de los hechos históricos y de los mexicanos que han sobresalido, pero de quienes poco se habla. Debemos buscar nuestra identidad en los personajes que dejaron huella. En la educación básica recordamos a Juan Escutia como el niño héroe que, envuelto en la bandera, dio su vida por la patria. Aunque esta leyenda forma parte del imaginario nacional, no hay evidencia histórica que confirme tal acto. En cambio, sí existe registro del valor de Margarito Zuazo o la leyenda heroica de Juan Valdivia, el “Soldado Cureña”. Pero que el hablar de héroes y gestas gloriosas no se quede simplemente en un recuerdo distante y en vez, optemos por buscar nuestra identidad como mexicanos en personajes que dejaron huella.

Vicente Guerrero nos demuestra que la nación mexicana emerge de la inclusión, al integrar diversas voces en un mismo proyecto de patria; Benito Juárez nos enseña que la identidad indígena es innegable; y Miguel Miramón representa a la juventud nacida ya en un México independiente, llamada a continuar la historia. La Independencia fue la llama del nacionalismo tras 300 años de opresión. Y el verso del corrido El Barzón, interpretado por Amparo Ochoa, nos recuerda el anhelo de los revolucionarios por la justicia y la dignidad del pueblo: “¡Viva la Revolución!, ¡Muera el supremo gobierno!”

Ser patriotas no solo implica conocer nuestras raíces: también exige demandar que los gobernantes sean verdaderos siervos de la nación, que honren la voluntad del pueblo en quien reside la soberanía. La política ha convertido a la patria en un concepto vacío, defraudando poco a poco el sentido de pertenencia. Como canta Amparo Ochoa en La Maldición de la Malinche: “Se nos quedó el maleficio de brindar al extranjero nuestra fe, nuestra cultura. Pero si llega cansado un indio de andar la sierra, lo humillamos y lo vemos como extraño en su tierra. Tú, hipócrita, que te muestras humilde ante el extranjero pero te vuelves soberbio con tus hermanos del pueblo.” Esta “maldición” simboliza la traición a nuestro prójimo y la dependencia sin vergüenza hacia poderes externos. Por ello resulta ampliamente valioso que la presidenta Claudia Sheinbaum ejemplifique que amar a México es defenderlo con firmeza: velar por su soberanía, proteger sus intereses y no inclinarse ante intimidaciones extranjeras. Su trayectoria ilustra que el patriotismo exige dignidad y valentía.

Tomemos inspiración en los diversos personajes que han marcado la historia de México con un legado de servicio y amor desinteresado a la patria. Dolores Jiménez y Muro, maestra e intelectual revolucionaria que defendió el derecho a la educación y la repartición de tierras; Rosario Castellanos amparó con su pluma a los pueblos indígenas y visibilizó la desigualdad; María Izquierdo al ser pionera en llevar el arte mexicano más allá de sus fronteras; Así como María del Carmen Mendoza, quien difunde la riqueza cultural de Oaxaca al mundo; y María Lorena Ramírez Hernández, la corredora tarahumara que enalteció la vestimenta tradicional en maratones internacionales.

Ellas, junto con decenas de mujeres, nos recuerdan que amar a México es el acto más revolucionario en tiempos de indiferencia. Jóvenes: no soltemos a nuestro México, no permitamos que nuestro país se hunda en la apatía y la desilusión.

Reconstruyamos la patria desde la riqueza cultural, la justicia social y el orgullo de nuestra historia. Abracemos nuestras raíces para hacer de la patria una lealtad inquebrantable, porque esa será la herencia más grande que podamos dejar.

El patriotismo no debe permanecer prisionero en discursos solemnes ni en las conmemoraciones del calendario; debe vivirse todos los días en acciones puntualizadas. Amar a México implica el respeto de la ley, consumir productos locales para robustecer la economía, convertirnos en promotores culturales, buscar la preservación de nuestras lenguas indígenas y tradiciones, y ser solidarios con el dolor ajeno. Seamos mexicanos capaces de valorar y reconocer el trabajo de los campesinos, expresemos el himno con profundo respeto y procuremos la pureza de la bandera de México, libre de corrupción y con fuero del olvido. Si cada mexicano se adjudica estas responsabilidades, la patria no toleraría ser una idea abstracta y se convertiría en una realidad evidente construída entre todos.

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