No es culpa, es conciencia: el camino hacia la igualdad
Hay una idea incómoda, pero necesaria: la desigualdad no nace en el salario ni en los puestos de poder. Se construye mucho antes, en lo cotidiano, en lo que aprendimos sin cuestionar.
No es un problema de hombres contra mujeres. Es un problema de un sistema que durante generaciones ha asignado roles, expectativas y límites distintos para cada uno. Un sistema que ha moldeado la forma en que pensamos, actuamos y nos relacionamos.
Como bien lo advierte Maricruz Ocampo, la desigualdad se fabrica desde la infancia. En la escuela, en la casa, en lo que se permite y lo que se corrige. No es casualidad que a las niñas se les enseñe a ser cuidadosas y a los niños a ser fuertes. Es una estructura que se reproduce sin necesidad de que alguien la imponga de manera consciente.
Y ese aprendizaje nos alcanza en la vida adulta.
En Querétaro, lo que señala la regidora Paulina Aguado no es menor: la falta de infraestructura con perspectiva de género, las condiciones laborales desiguales o los espacios públicos deteriorados no son hechos aislados. Son reflejo de decisiones que históricamente no han considerado a todas las personas por igual. No por mala intención necesariamente, sino por una forma de ver el mundo que se ha normalizado.
Lo mismo ocurre en el periodismo. Como advierte Nuria Varela, no hay buen periodismo con sesgos de género. Y aquí el punto no es señalar culpables, sino reconocer inercias: a quién escuchamos, a quién damos voz, a quién consideramos experto. Muchas veces, sin darnos cuenta, repetimos esquemas aprendidos.
Por eso, este momento no se trata de culpas, sino de conciencia.
Como hombres, no se nos pide asumir una responsabilidad individual por todo lo que está mal, ni mucho menos colocarnos en una lógica de confrontación. Tampoco se trata de “favorecer” a las mujeres como si se tratara de una concesión.
Se trata de algo más profundo: entender el contexto en el que fuimos formados y decidir conscientemente no reproducir aquello que genera desigualdad.
Reaprender implica cuestionar lo que parecía normal. Implica revisar prácticas, lenguaje, decisiones y silencios. Implica abrir espacios no por obligación, sino por convicción de que la igualdad mejora a toda la sociedad.
También implica escuchar. Escuchar sin defensiva, sin minimizar, sin asumir que todo es exageración o conflicto. Entender que muchas experiencias que no vivimos, sí existen.
En Querétaro —y en general— estamos en un momento donde el reto ya no es solo reconocer que hay desigualdades, sino cómo las atendemos sin caer en extremos.
La igualdad no se construye enfrentando, ni compensando artificialmente, sino equilibrando. Generando condiciones justas donde nadie tenga que demostrar más por ser quien es.
Y en ese camino, como hombres, hay algo claro: no somos el problema en sí mismos, pero sí somos parte de la solución en la medida en que decidimos participar de forma consciente.
Porque al final, esto no se trata de unos contra otros.
Se trata de construir una sociedad más justa para todos.




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