Querétaro no es obra del gobierno: es obra de su gente (y el New York Times lo dejó claro)
Arrancó la carrera por el 2027 y con él, lo que se advierte en el 2026: una tormenta de arena, tachuelas y egos para quienes sueñan con cargos públicos. Y como suele pasar en año preelectoral, cualquier reflector internacional se convierte en botín político.
Escuché al gobernador Mauricio Kuri citar con orgullo el artículo del New York Times que incluyó a Querétaro entre los “52 lugares para visitar en 2026”. Afirmó que ese reconocimiento se debía a la seguridad y al buen gobierno. Con todo respeto, la pregunta es inevitable: ¿leyó el artículo o sólo le contaron lo que convenía repetir?
Porque el New York Times no habla de “una metrópoli de alta tecnología impulsada por políticas públicas ejemplares”. Describe a Querétaro como una ciudad pintoresca que sorprende por su escena de comida, bebida y vino. Habla de una antigua fábrica convertida en hotel y cervecería, de restaurantes irreverentes, de cafeterías de barrio, de viñedos, de proyectos culturales que brotan desde la iniciativa privada y la creatividad local.
Nada de eso lo produce un decreto, un discurso o una obra pública. A menos que ahora además de sentirse candidato Felifer también sea chef, sommelier o barista.
El presidente municipal Felipe Fernando Macías, en un video sobre los 300 años de los Arcos —eso sí verdaderamente pintoresco y patrimonio histórico— intentó colgarse la medalla del reportaje como si su administración hubiese sido clave para aparecer en la lista. De nuevo, ni una sola mención a quienes realmente construyen ese prestigio todos los días:
Hotel Hércules, El Reinita, El Apapacho, los viñedos, los productores, los cocineros, los meseros, los artesanos, los gestores culturales.
Ellos son Querétaro. No los presupuestos, no los spots, no los eslóganes.
Y conviene además poner los pies en la tierra: la lista del New York Times no es un concurso entre ciudades mexicanas ni un estudio técnico que declare “al mejor estado del país”. Es una curaduría editorial global, una recomendación de viaje basada en historias, experiencias, atmósferas, identidad. No es un trofeo político, es un reconocimiento cultural.
También faltó algo elemental: agradecer a los guías de turistas, quienes preservan la memoria, quienes narran la historia, quienes mantienen vivo el relato que enamora a los visitantes. Sin ellos, ninguna ciudad “pintoresca” existiría.
Querétaro no apareció en el New York Times por una estrategia de comunicación. Apareció por su gente, por su talento, por su cocina, por su vino, por su historia, por su capacidad de crear sin pedir permiso.
El problema no es celebrar. El problema es apropiarse.
Porque cuando el poder se cuelga medallas ajenas, deja de gobernar y empieza a hacer campaña.





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