Jóvenes visibles: cuando la protesta deja de ser ruido y se convierte en conciencia
Gisela y Nicolás, estudiantes y voceras del colectivo Tejido Social en Entrevista con David Smeke
Por años, los jóvenes han sido utilizados como consigna, como cifra, como excusa o como botín político. Rara vez como lo que realmente son: personas con voz, con pensamiento crítico y con derecho a existir sin miedo. Invisibilizados cuando cuestionan, etiquetados cuando incomodan, criminalizados cuando se organizan. Esa es la deuda que como sociedad seguimos acumulando.
“No son buenos ni malos, no son de un partido ni del otro. Son jóvenes. Y eso debería bastar para escucharlos”, escribió recientemente un autor queretano en su libro publicado en 2025. La frase cobra vida cuando se observa lo ocurrido hace unos días en la explanada de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ).
Ahí, lejos del caos que suele asociarse —injustamente— a la protesta juvenil, decenas de estudiantes se organizaron con una disciplina, solidaridad y cuidado mutuo que muchos adultos ya olvidaron. Se prestaban materiales, se protegían entre sí, dialogaban. No hubo destrozos, no hubo violencia, no hubo provocación. Hubo algo más peligroso para ciertos poderes: conciencia colectiva.
Una protesta que no gritó, pero dijo mucho
El encuentro derivó en la entrega formal de un pliego petitorio a la rectoría de la UAQ, un documento trabajado con rigor, fundamentos legales y una claridad que desarma cualquier intento de descalificación. Tan sólido, que más de un profesor admitiría con orgullo haberlo evaluado con la máxima calificación.
El documento fue recibido por diversas instancias universitarias y atendido directamente por el profesor César García, quien abrió la puerta a la creación de una comisión de diálogo. Un gesto que, aunque inicial, marca una diferencia en un contexto donde las autoridades suelen reaccionar solo cuando la presión escala.
Tejido Social: estudiantes que se cuidan entre ellos
Gisela y Nicolás, estudiantes y voceras del colectivo Tejido Social, aclaran algo fundamental: no buscan protagonismo. No son líderes únicos ni la “cara” del movimiento. Son parte de una red horizontal de estudiantes que decidieron entretejerse para cuidarse, acompañarse y exigir derechos que deberían estar garantizados desde siempre.
“El pliego petitorio nos respalda institucionalmente. No es un capricho, es una exigencia legítima como comunidad estudiantil”, explica Gisela mientras muestra el documento con sellos oficiales de recibido.
Nicolás, estudiante de sociología, va más allá: “Esto no nace de un evento aislado. Viene del hartazgo. De sentirnos vulnerados no solo como estudiantes, sino como personas, como ciudadanos con derechos humanos”.
¿Quién nos cuida de quienes deben cuidarnos?
La pregunta incomoda, pero es inevitable. Diversas manifestaciones recientes —por el derecho al agua, por causas sociales— han sido reprimidas. El patrón se repite. Y el mensaje cala: manifestarse tiene consecuencias.
“Llegamos al punto de preguntarnos quién nos protege de la policía”, dicen los estudiantes sin rodeos. Una frase que debería alarmar a cualquier democracia.
La universidad, señalan, acompaña cuando el conflicto ocurre dentro de sus instalaciones. Pero ¿qué pasa cuando la formación académica exige salir a la calle, investigar, documentar, protestar? Carreras como sociología, ciencias políticas o periodismo no se ejercen desde el aula. Se ejercen en el espacio público, ese mismo donde hoy muchos jóvenes sienten miedo.
La otra violencia: la mediática
A la represión se suma otra forma de agresión: la narrativa. Algunos medios de comunicación optaron por criminalizar sin investigar, etiquetar sin escuchar, condenar sin pruebas. Vándalos, porros, anarquistas, manipulados. Palabras que no informan: distorsionan.
“Ni siquiera preguntaron quiénes somos, por qué protestamos o qué estamos pidiendo”, lamentan. La presunción de inocencia, principio básico del periodismo y de los derechos humanos, fue ignorada.
Paradójicamente, los medios universitarios —Radio y TV UAQ— brillaron por su ausencia, una omisión que también forma parte del pliego petitorio. ¿Cómo es posible que la universidad tenga medios y no los use para amplificar la voz de su propia comunidad?
No son de partidos, son de causas
Ante la insistente sospecha, la respuesta es clara: no pertenecen a ningún partido político. No responden a intereses electorales ni a agendas ocultas. Sus exigencias son para estudiantes y sociedad en general. De hecho, consideran preocupante que los partidos —todos— evadan temas que deberían estar en el centro del debate público.
“Esto que estamos pidiendo es lo que los partidos tendrían que estar defendiendo”, señalan.
Un primer paso, no la meta
La rectora de la UAQ ya emitió un posicionamiento, se abrió una mesa de diálogo y se convocó al Honorable Consejo Universitario. Es un avance, sí, pero no una victoria. Los propios estudiantes lo saben: esto apenas comienza.
“No son resultados. Es el primer paso. Y no vamos a soltar el tema para que el tiempo lo entierre”, advierten.
Todo el proceso será documentado y publicado con total transparencia en sus redes sociales, particularmente en @tejidos.uaq en Instagram.
El miedo que se siente, pero no se ve
Quizá uno de los momentos más reveladores no ocurrió al centro de la protesta, sino en los márgenes. Estudiantes observando desde lejos, queriendo acercarse, pero sin hacerlo. Miedo. No desinterés.
Y ese es el verdadero síntoma de una sociedad que necesita mirarse al espejo.
Los jóvenes no nacen con miedo a expresarse. Aprenden a callar cuando el costo de hablar es demasiado alto.
Escuchar también es una forma de justicia
La historia que hoy se escribe en Querétaro no es solo universitaria. Es social, estructural y profundamente humana. Y exige algo básico: escucha.
Porque cuando los jóvenes dejan de ser invisibles, la sociedad entera empieza a verse con más claridad.
Y eso, aunque incomode, siempre vale la pena.
Entrevista completa en:





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